La mitificación tiene dos sinónimos. Por un lado, la conversión en mito y, por otro, la adoración o estima exageradas. Si aplicamos ambas en la imagen de Paula Echevarría descubrimos una ecuación perfecta. La actriz/modelo/blogger y un largo etcétera tiene dos etapas en su trayectoria. La pre-ruptura con David Bustamante y la post-ruptura.

En la primera, Paula se presentaba como una actriz de papeles secundarios que lucía una radiante sonrisa. Iba siempre de la mano del cantante pero no tenía un protagonismo propio. Tras la ruptura, su imagen es otra. Se le ha atribuido el perfil de mujer separada e independiente que se atreve y puede con todo. Su auge ha coincidido con la oleada feminista, de la que estoy de acuerdo, y se ha abanderado de todas las causas similares a la suya.

Todo perfecto de momento. El problema radica en su comportamiento defensivo cuando se le insinúa cualquier hecho ocurrido antes de esta segunda etapa. Cuando esto sucede, Paula defiende su nueva actitud de “powerwoman” y la negativa ante la necesidad de la figura de un hombre para conseguir sus metas. El defecto de todo esto no es que Paula no sea de verdad esa “powerwoman” sino que parece que se ha impuesto ese título de forma premeditada. Ha aprovechado la mitificación que ha vivido su imagen y la ha moldeado a su manera. Además desconsidera la idea de chica en la sombra que acompaña a su pareja que protagonizaba en su momento. En definitiva, Paula Echevarría ha sabido cotizar al máximo su imagen eliminando todo lo que, en su momento, la hizo estar donde está.

 

 

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